No es infrecuente ver vuelvepiedras (Arenaria
interpres) fuera de su hábitat natural en Gijón.
Se les ve en parques, aceras y esquivando
gente en el carril-bici, y casi siempre hay alguno correteando por el paseo
del Rinconín.


La explicación me la dio el propio
vuelvepiedras, que andaba buscando restos de cebos de los que usan los
pescadores, una comida rica y fácil, pero muy peligrosa, porque por desgracia,
igual que dejan restos del cebo utilizado, también dejan los aparejos que se
rompen, como líneas de nylon, anzuelos y plomos.

Y así uno tras otro.
El proceso, además, es la pescadilla que se
muerde la cola: una vez perdidas varias extremidades, es muy difícil maniobrar
entre las rocas o en la playa para conseguir alimento, así que acaban por
depender casi por completo de las migajas que les dejamos los humanos.
Y a enredarse otra vez.
Preferiría verlo con sus compañeros, abajo, en las peñas.
Todo muy triste.
Pobrecillo...
ResponderEliminarY tanto, menuda vida que lleva el pobre, lo raro es que aún esté ahí.
EliminarHace lo imposible por sobrevivir y creo que lo consigue. Una pena.
ResponderEliminarSí, tienen una capacidad de estoicismo que para nosotros la quisiéramos.
EliminarTriste Iván, por aquí anda uno también así que coincide al 100% con tu historia, primero el nudo de sedal, luego la amputación y luego la supervivencia a base de gusanitos y cachos de pan...
ResponderEliminarPuf, hay tantos bichos así, es tristísimo.
EliminarJodidos sedales y quienes los tiran sin miramiento, en cualquier lugar
ResponderEliminarSí, les ataba los cataplines con ese mismo sedal, aunqeu fuese medio hora y flojito, para que viesen cómo se siente.
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