miércoles, 20 de junio de 2018

Faisanes al descubierto

Cada día es más fácil toparse con faisanes comunes (Phasianus colchicus) en el entorno del Cabu Peñes.
Casi en cualquier lugar se oye su voz, aunque es más complicado verlos bien, siendo los encuentros casi siempre breves, saliendo de su escondite con estrépito y escondiéndose rápido entre la vegetación.
A los machos es imposible no verlos a centenares de metros con este plumaje.



Como especie cinegética más o menos asilvestrada procedente de sueltas, es cuestionable que la consideremos una ave salvaje. Desde luego hay ejemplares que conservan su instinto y huyen en cuanto ven peligro, pero hay otros que muy probablemente sean presa fácil de cazadores, de los de escopeta y de los de pelo rojo y cola larga.







Hace unas semanas, en Coneo, desprovisto el terreno de vegetación, y con el maizón recién plantado, era fácil seguirles el rastro mientras buscaban semillas. A este ejemplar hembra, su camuflaje no le servía de nada.








Dan un toque de color al paisaje, y buenos sustos cuando casi los pisas y salen en tromba, pero personalmente no me gusta mucho soltar especies de granja para ser cazadas. Los ejemplares que sobrevivan si consiguen reproducirse crean poblaciones muy lejos de sus lugares de origen que no tienen ningún sentido ni beneficio para el ecosistema.



A escasos 10 metros de donde estaban los faisanes, mucho más discretos y conservando energía y camuflaje, un grupo de limícolas de paso se escondían entre la hierba.











Solamente después de un buen rato pude descubrir a un grupín de chorlitejos grandes (Charadrius hiaticula) y correlimos comunes (Calidris alpina), camino del Norte.

viernes, 8 de junio de 2018

Censando por la Providencia

El tramo entre la playa gijonesa de Serín y el parque de La Providencia, que censo cada año en primavera, estaba a finales de mayo lleno de pequeñas aves muy interesantes a pesar de ser muy comunes. Además de las thunbergi que traje en la última entrada, pude ver algo más valioso como es ver que ya había varias especies sacando pollos volanderos, como estos pequeñines de tarabilla común (Saxicola rubicola).











Como es habitual, la familia (aquí el papá) estaba muy cerca, y formarán simpáticos grupos familiares durante todo el verano.











Otros que crían en los matorrales (en un lugar donde estaba previsto crear una zona húmeda) son los carboneros comunes (Parus major). Casi igual de cucos eran los 4 pollos que andaban por allí la mar de curiosos.










Los hermanitos todavía tenían plumón en el plumaje.













Los zarceros comunes (Hippolais polyglotta) cantando a todo volumen su loca sinfonía, ya llevan una década justo en el mismo metro cuadrado.










Otros que no paran de criar año tras año, son los mirlos comunes (Turdus merula).








Los pardillos comunes (Carduelis canabina) este año abundan en la zona, en grupos de más de una docena buscando semillas en los bordes de los caminos.










Es curioso que en este parque seleccionen las zonas recién segadas, supongo que les facilita la labor alimenticia.










Del mismo género y parecidos gustos culinarios, los jilgueros (Carduelis carduelis), muy abundantes también, menos accesibles y terrestres.









Otro fringílido residente (aunque no en invierno), el verdecillo (Serinus serinus).











La tórtola turca (Streptopelis decaocto), en los mismos cables cada año...











...los mismos cables que usan las golondrinas comunes (Hirundo rustica), descansando tras llegar en directo en grandes bandos desde el mar, buscando insectos en el aire.











Una delicia cada primavera este parque, que yo conocí siendo un polígono de tiro del ejército español, desde luego de terreno militar a parque suburbano, ha mejorado espectacularmente. La curruca capirotada (Sylvia atricapilla) y yo lo preferimos así.


domingo, 3 de junio de 2018

Thunbergis: Chaparrón de boyeras por Asturias.

Vi 3 en una semana, y no había visto nunca una lavandera boyera de la raza escandinava (Motacilla flava thunbergi) en mi vida.













Para empezar, en el parque de la Providencia de Gijón, 2 ejemplares separados por menos de un metro.










Ni yo me lo creía, pero allí estaban.













Con las características típicas de esta subespecie: cabeza practicamente gris oscura en su totalidad, que no negra como la feldegg; babero completamente amarillo, no blanco como nuestra iberiae; y una rayuca de color claro apenas visible entre cabeza y babero, a diferencia de la más marcada a líneas subespecie de Centroeuropa, flava.







Coincidió mi observación con varias citas más en territorio asturiano casi simultáneas, por lo que debió haber una buena parada camino de Fenoscandia.











Al tercer ejemplar lo vi unos pocos días más tarde, esta vez en el Cabu Peñes, rodeada de un buen montón de boyeras de las razas flava e iberiae.











Esta vez la observación fue más lejana y breve, pero la fugacidad no restó un ápice de alegría al encuentro.












Ojalá todos los taxones nuevos que encuentre lo haga de tres en tres.

jueves, 31 de mayo de 2018

Correlimos tridáctilos en paso por el Rinconín

No fue un paso espectacular, pero de nuevo congregaron las miradas de todos los paseantes de la Bahía de Gijón.











A toda velocidad, como se ve en este vídeo, tan difícil seguirlos como que pasen desapercibidos.














Al estar en plena muda durante el paso, los hay de todos los colores, desde el blanco invernal al casi casi leonado nupcial. Los más abundantes son los mixtos, con un plumaje de lo más mezclado.










Para comer, lo mismo que para desplazarse, hay que estar muy atentos porque lo hacen a toda velocidad.













Además de los muy abundantes tridáctilos, pasaron otras limícolas en menor número por el Rinconín, como correlimos comunes (Calidris alpina)...












...chorlitejos grandes (Charadrius hiaticula)...














...vuelvepiedras (Arenaria interpres), con un simpático antifaz nupcial...












...y algunos de los últimos zarapitos trinadores (Numenius phaeopus) de la temporada.


martes, 29 de mayo de 2018

Llosa y Cuevona de Viango

Hace unas semanas nos pegamos una buena pateada para llegar a un lugar al que hacía años que quería poder conocer: la Llosa de Viango, en Llanes Y lo hicimos en el mejor momento.














Salimos desde el Alto de la Tornería, a medio camino de la carretera que llega al Mazucu. Ya sólo por este paisaje que se ve al comenzar a subir al Collau Rubiera merecía la pena el viaje.

Desde el collado ya era todo cuesta abajo, rodeando la cresta de La Pasada a media altura, siguiendo el inteligente camino que un vecino trazó con paciencia hasta los pastizales de la llosa de Viango. Aunque el camino está exento de peligro, es un rompepiernas, no se da un paso igual al anterior, y se hace realmente más largo de lo que es. Nosotros que íbamos con críos pequeños acabamos reventados por tener que trasportarlos a tramos en cuello, aunque lo dimos por bueno vista la belleza de la ruta.





El valle ciego al que vamos a penetrar tiene como remate suroeste la Peña Blanca, en pleno cordal principal del Cuera.









¿He dicho ya que el camino se hace más largo de lo que parece? Tal que así es el recorrido.














Vamos bajando hacia la Vega del Cubo, encontrándonos pequeños tramos de bosque.

















Caminamos ya todo recto hacia el oeste, con la Sierra del Cuera siempre a nuestra derecha. Afortunadamente, llevo un buen GPS con la ruta precargada, si no hubiese sido un suplicio, dadas las grandes posibilidades de perderse entre varias desviaciones de camino que van acercándose a las distintas cabañas. Hay que tener mucho ojo.









Poco a poco, ya se va viendo al fondo el Valle de Viango, aunque, afortunadamente, la propia llosa no se ve hasta entrar en ella. El factor sorpresa fue todo un shock.













Unas paradas vegetales de lo más reconfortante, íbamos cocidos y aguantando estoicamente, y multiplicada por cuatro, la cantinela infantil de ¿cuándo llegamos?













Y, finalmente, cuando ya no te lo esperas, porque el valle es cerrado, y el camino irregular te obliga a ir mirando al suelo...







...llegamos al inmenso prau de la Llosa de Viango, es de un tamaño colosal, y sorprendió a todos los presentes, algunos con 40 años de experiencia pateando monte por Asturias; hay pocas cosas iguales a ésta. Los críos, que iban reventados y desanimados, nada más ver el panorama revivieron y se dedicaron a explorar la salvajada de paisaje que se abría ante nuestros ojos.
La llosa de Viango es un enorme poljé, un valle ciego kárstico en el que se depositan los materiales que el agua va arrancando a las montañas calizas. esos rellenos se van desmoronando o cubriendo de agua, formando lagunas, dependiendo del nivel freático que haya por debajo. Dado que fuimos justo en época de deshielo, nos encontramos unas buenas lagunas, y varios sumideros bien visibles. Todo un espectáculo geológico que sólo acababa de empezar.












Llevaba media idea de dónde estaba el ponor, el gigantesco agujero que se abre en la ladera del Cuera y por el que se filtran los materiales, y, a modo de gigantesco tapón a veces "explota" por la presión de agua, llenando los alrededores de auténticas playas de arenas arrastradas por las corrientes subterráneas. Buscamos el sitio, y vaya si lo encontramos.
Ver una playa enmedio de una ladera arrasada fue todo un a impresión para todos, y al localizar la entrada a la cuevona...





...alucinamos.

















Por suerte, llevaba el frontal y pudimos introducirnos, con sumo cuidado, en especial por los chiquillos, en la boca de semejante maravilla geológica.











Entre derrubios y con una temperatura 10ºC inferior a la del exterior, el agua del deshielo formaba un sistema de cuevas y pasadizos que, ya sin niños, pudimos explorar los valientes del grupo.











Ni las fotos ni las vídeos expresan el estruendo, el frío, y la velocidad con la que caía el agua, un espectáculo para no olvidar.









Os pongo un cutrevídeo.











Toda una experiencia, ya en el exterior nos echamos en la hierba a disfrutar del panorama, la ladera del Turbina, cima del Cuera, y el bosque del Traviesu, un verdor que invitaba a subir, pero los 900 metros de desnivel no son nada recomendables, y el camino es inexistente, toda una trampa.


De vuelta al coche, muertos de cansancio pero todavía intentando asimilar los paisajes que habíamos visto, el Sol caía y el Cuera cambiaba de luz.
















Un último vistazo antes de cambiar de ladera en dirección al Mazucu. El Cuera, a día de hoy, a pesar de estar al lado de la zona de Asturias con un turismo más activo, sigue siendo un terreno quebrado y difícil, lo que hace que paisajes como este de la Llosa de Viango se mantenga libre de carreteras y demás zarandajas que lo destruirían, esperemos que siga así por muchas décadas.